A lo largo de mi vida he escrito tanto… Cuadernos y cuadernos de espiral, llenos de todo aquello que iba sintiendo, de cuanto iba conociendo.
Lo que me gustaba y lo que me hería profundamente, se desgranaba en palabras que salían del corazón sin permitir al cerebro filtrar el contenido.
Que nadie piense que me costaba conectar con el resto del mundo, siempre he sido comunicativa y nunca me faltaron amigos con los que intercambiar palabras. Y pese a todo, siempre tuve mis parcelas personales, mis rincones inalcanzables, un lado oscuro y otro luminoso. Ambos, extremos.
Hoy sé que mi tiempo es mucho más que oro, que no perderé ni un segundo en la estupidez, ni un instante en lo banal, ni un minuto en lo superfluo. El oro de mi tiempo se merece lo mejor.
Ansío que llegue la noche, que sea el momento de ir a dormir…
Mi esperanza es poder dormir de un tirón hasta que el despertador me devuelva al siguiente día, cosa que últimamente, es prácticamente imposible.
El cansancio me vence y con un libro entre las manos me quedo dormida sin apenas darme cuenta. Pero mi sueño no es reparador, no es tranquilo. Todos mis problemas actuales se convierten en pesadillas que me mantienen en “duermevela” hasta que, angustiada, despierto y compruebo que no he tomado mi pastillita mágica… Nunca es tarde, me digo, y me la tomo sin dilación.
Y entonces sí, duermo profundamente hasta que el despertador me vuelve a la vida.
Y lo que quiero es dormir de la misma manera, noche tras noche, hora tras hora. Inconsciente.
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