viernes, 25 de febrero de 2011

Elucubrando...




Un amigo me dijo un día que, estar conmigo, era recordar las imágenes del inicio de la película “El Rey León”. La desbandada multicolor cruzando la sabana…
Huir hacia delante, correr, correr, desbocar el corazón dentro de su cajita, escuchar y sentir sus latidos precipitados aquí en la garganta.
Muchas veces me he partido en mil pedazos, muchas veces me he recompuesto y he continuado la andadura. Una de las últimas fue en el año 2000, y de esa salí muy tocada. Tanto, que comenzó mi estrecha relación con los antidepresivos de los que aún, no he conseguido liberarme.
Jamás pensé necesitar algo así. Mi fortaleza de roca se negaba a admitir esa posibilidad, yo siempre he podido con todo –me decía- Y el dique se rompe y se desborda en lágrimas, un torrente largos años contenido. La sensación de no poder parar, la inutilidad de los esfuerzos por dominar el dolor instalado tan dentro, el hermetismo en que te sumes aún sin quererlo… Sentimientos desconocidos, pesadillas inacabadas, dolor infinito.
Cada tanto creo haber superado la situación. Es más que probable que así sea, pero… no puedo dejar las pastillas. A los pocos días en mi cabeza se producen pequeños chispazos interiores, como cortocircuitos diminutos, segundos de mareo, incluso pérdida momentánea del equilibrio.
¡¡Ostras!! Soy adicta a algo más que al tabaco.
Y me importa un carajo, la verdad.
El año 2000 pude romper con todo y alzar el vuelo. Finalmente no hice ni lo uno ni lo otro.
¿Que si estoy arrepentida? Si. Y probablemente siga estándolo el resto de mi vida. Lo cierto es que en aquellos momentos no iba a ser fácil. Me he empeñado en cargar sobre mis hombros todo el peso del mundo y así me va… Tampoco me sentí  apoyada, y entonces era frágil como un cristal de Bohemia. Sentí como me cerraban una puerta en las mismísimas narices, y la que se abrió la cerré yo porque era impracticable. Se sumaron entonces los problemas ajenos a los propios. Las circunstancias me hicieron volver al origen, y desde ese momento renuncié a todo lo demás.
Haruki Murakami, ha escrito libros de preciosos títulos. “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” es un relato intimista que rompe los esquemas preconcebidos sobre Japón, las geishas, los samuráis… Su prosa es rica y desde “Zapatos italianos” de Henning Mankell pocos hombres se han retratado en la literatura tan desde dentro. Sus historias son ¿inacabadas? No, son historias. Continuarán y, como en la vida real, lo harán de esta o de otra manera. Lo que Murakami cuenta es un momento prolongado y unas inquietudes que se corresponden con él.
El ser humano es –afortunadamente- dinámico. Se mueve, y con él cambian los paisajes, los climas, los sentimientos, la vida entera en movimiento. Y en ese movimiento continuo estamos inmersos y por tanto, cambiando cada tanto.
No se rompan, cuesta mucho recomponerse.

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