No tengo edad para esto, lo reconozco. Tengo todos los sarampiones pasados, y además olvidados.
La vanidad, la prepotencia, el fasto y el boato… No importa el color político de cada quien, casi todos caen en lo mismo. Valoran el tamaño de su despacho en relación con su importancia jerárquica. Quieren “alfombras persas” y grifería de oro en sus baños de mármol, viven su particular cuento de Las Mil y Una Noches (porque –probablemente- no pasarán de ahí: 1001 noches).
El año recién estrenado, al que afortunadamente nada pedí, me trae noticias laborales que estremecen e indignan por lo injustas. Afectan especialmente a mi entorno, aunque creo que ninguno de nosotros se va a librar de la purga. Quizá los lameculos profesionales mantengan su status, ése que les durará hasta la próxima, o sea, dos telediarios. Nunca he entendido la necesidad de estos manejos, el sentido común nos dice que nada es eterno, nos llueven e-mail con trantas hindúes, frases de escritores célebres, legados a priori de quienes –aún más que yo- pasaron sus sarampiones y los olvidaron mil veces.
Te dicen “Vive como si fuera el último día”… “La amistad es lo más importante”, “cuida a tus amigos”, “Ama a tus semejantes”. Mil y Una Frases. Mil y Una Noches.
Quiero mirar hacia atrás sin ira. Y no podré hacerlo.
Quiero vivir con “talante” (que alguien me explique el significado, por favor, que ando perdida), y me salen juramentos en arameo.
Entro en una fase vital que soñaba tranquila, sin sobresaltos, dispuesta a utilizar “Ausonia Evolution” a la menor oportunidad, apuntarme a clases de Macramé, de chino mandarín, lanzarme en paracaídas, hacer puenting… Y ni siquiera puedo hacer “ventaning” que vivo a nivel de calle.
Cuando mire atrás, escupiré por un colmillo como un vaquero del Oeste Americano de “entonces”.
Regañaré a los jóvenes y a los viejos, me meteré con los que levanten la voz, escupan en el suelo, no utilicen las papeleras, fumen y tiren las colillas fuera de los ceniceros, lleven los perros sueltos, se cuelen en las colas, no me dejen colarme a mí. Gruñiré, gruñiré y gruñiré, y las casas de paja derribaré.
Daré de comer a los gatos en los parques…
Jamás daré de comer a una paloma por mucho signo de la paz que sean…
Pues, eso.
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